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‘Fragmentos de un mosaico roto’

Link entrevista: http://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/fragmentosmosaicoroto.htm

Cazarabet conversa con…   Luis Monferrer-Catalán, editor del libro “Fragmentos de un mosaico roto” (Renacimiento) de Luis Portillo

Luis Portillo es recuperado en la colección Los cuatro vientos de Renacimiento con su narrativa breve y con otros escritos… Se trata de la recopilación del escritor que se exilió por republicano en Inglaterra donde murió… pero dejando, tras sí, una huella profundísima, aunque algunos la desconociesen…

La presentación y el cuidado en la edición corren a cargo de Luis Monferrer-Catalán.

El libro incluye una semblanza biográfica de Cora Blyth de Portillo, mientras que el libro viene prologado por los cuatro hermanos Portillo, mientras que el bosquejo biográfico es de Ángel Luis Portillo.

Lo que nos dice Renacimiento del libro: Fragmentos de un mosaico roto contiene un conjunto heterogéneo de textos de Luis Portillo escritos en el exilio a mediados del siglo XX. Algunos de ellos eran para un programa de radio que tenía en la BBC; otros son sencillamente impactantes por sí mismos, como la reconstrucción del discurso de Unamuno en Salamanca en 1936. Temáticamente se organizan en dos grandes núcleos: los referidos a España, sus hombres, su historia y su cultura; y los centrados en el mundo anglosajón. Dada su pasión por la lengua española, el punto fuerte de Luis Portillo es su estilo, que da unidad al volumen. No busca tramas complicadas para sus historias, sino «decir bien» y «decir bello», con una prosa culta, concisa, de ritmo fluido. Frecuentemente utiliza términos de un castellano recio, sonoro, brillante y bello, para despertar en el lector la piedad por unos personajes, la risa o la admiración por otros, o la rabia ante la barbarie totalitaria de otros más. Por la belleza formal de su prosa, muchas páginas de este volumen reúnen todos los requisitos para el disfrute intelectual de los lectores. Luis Portillo también consigue con estos textos los mismos objetivos que atribuyó a Francisco de Goya respecto a la función de su arte: «Goya perpetuaba, eternizaba el instante. Porque tal es la suprema misión del arte: divinizar lo perecedero, redimirlo de caducidad…».

Sobre el propio Luis Portillo: Luis Portillo Pérez (Gimialcón, Ávila, 1907-Londres, 1993) era Licenciado en Derecho, y profesor ayudante en la Universidad Salamanca durante la República. Afiliado a Izquierda Republicana, en la guerra civil trabajó en el Ministerio de Justicia, intentando salvar vidas; y como soldado participó en la Batalla del Ebro. Exiliado en Francia en 1939, llegó a Inglaterra con la ayuda de un diputado laborista. Se casó en 1941. En los años 40 trabajó en la radio de BBC donde tenía un programa diario (Radio Gaceta) para Hispano-américa. Tras su jubilación, entre 1972-77 fue delegado del Gobierno de la República Española en Inglaterra, nombrado por D. Fernando Valera. En 1977 fue amnistiado, y volvió a residir largas temporadas en Salamanca. Su hijo es el político británico y incansable viajero en tren Michael Portillo.

Luis Monferrer, está actualmente trabajando en otros proyectos literarios sobre los montañeses de los pueblos de Peñagolosa, pero tiene, ya, una serie de libro publicados:

-Villahermosa: Historia de un pueblo entre Valencia y Aragón. Ayuntamiento de Villahermosa. Luis Monferrer (2008)

-Villahermosa: Una mirada al fin de una época. Ayuntamiento de Villahermosa. Luis Monferrer (2010)

-Brasas entre la ceniza. (Literatura de tradición oral de Villahermosa). Autoedición. (Formalmente, Edit. Moca). Luis Monferrer (2017)

Cazarabet conversa con Luis Monferrer-Catalán:

— ¿Qué le acercó a Luis Portillo, y a sus textos y narraciones en el exilio británico?

—  En primer lugar, muchas gracias por interesarse por este volumen y por nuestro trabajo.

El conocimiento y relación con don Luis Portillo viene de que lo conocí personalmente al final de su vida, cuando fui a entrevistarlo en 1987. Entonces, yo estaba preparando mi tesis doctoral sobre los exiliados republicanos llegados a Gran Bretaña. Fruto de aquel trabajo fue la presentación de mi tesis en la Universidad de Barcelona (1991), y la publicación del posterior volumen resultante: Odisea en Albión (Los Republicanos españoles exiliados en Gran Bretaña (1936-1977)] (2007). En ambos volúmenes escribí sobre la figura de don Luis Portillo.

Por otra parte, durante los años 90 formé parte del grupo GEXEL en la Universidad Autónoma de Barcelona para la recuperación del legado cultural del exilio republicano de 1939. Fruto de aquel trabajo fueron bastantes congresos en toda España y muchísimas comunicaciones de todo tipo de investigadores y, por fin, la publicación, también por Renacimiento, del Diccionario bio-bibliográfico del exilio literario de 1939 (4 vols., 2017). En dicho proyecto, yo me ocupé de redactar las voces de bastantes exiliados llegados a Gran Bretaña: una de ellas, la de Portillo.

Además, por comentarios míos, Anthropos, editorial de Barcelona, también acabó publicando entonces parte de la obra poética de don Luis Portillo: el volumen Ruiseñor en el destierro (1989). Y ahora acaba de aparecer éste: Fragmentos de un mosaico roto (2021). Así que, en realidad, la relación con don Luis Portillo ya es muy larga.

— ¿Cómo fue que Renacimiento le encargó este trabajo?

— Como he expuesto, indirectamente la relación con la Editorial Renacimiento ya venía de atrás. El Sr. Abelardo Linares ya conocía mi trabajo por el Diccionario bio-bibliográfico, y por una antología que editó a finales de los 90. En 2020 contactó conmigo y le ofrecí varios títulos de obras disponibles y esta propuesta de la obra de don Luis Portillo le gustó.

— ¿Cómo definiría a don Luis Portillo como escritor?

— Como Luis Portillo se sentía realmente más cómodo era escribiendo poesía. Si alguna etiqueta podemos ponerle, creo que primero debería ser la de poeta. Sus propios hijos cuentan en el texto de presentación que en los largos viajes que debía hacer en el metro londinense, o en casa, con frecuencia iba tamborileando las sílabas de los versos, y quizás anotando algún verso o idea en cualquier papel, para retomarla después. Y precisamente por escribir buena poesía, pudo también escribir buena prosa.

— ¿Cómo y de qué manera se diferenciaban sus escritos de la BBC, que destinaba a sus programas allí, de los más puramente literarios o escritos para no ser leídos desde las ondas radiofónicas?

— Excepto dos o tres de los textos incluidos en este volumen, el objetivo primero de escribir el resto de textos no parece que fuera una producción literaria para ser publicada. Esto es

algo que hemos hecho nosotros a posteriori. Varios de los textos, especialmente los englobados en la sección ‘Cuando el mundo luchaba por la libertad’ se escribieron como guiones para programas que iban a ser emitidos, radiados, desde los micrófonos de la BBC. Los ensayos –la comparación entre Cervantes y Mateo Alemán, y el que dedica a Goya, y otros– estaban escritos para ser expuestos de viva voz en conferencias. La reconstrucción del rifirrafe entre Unamuno y Millán Astray parece haber sido hecha como para recordar a todo el mundo: ‘esto es lo que (aproximadamente) pasó’, y quizás para que los lectores tuvieran la oportunidad de sacar lección de lo sucedido.

— El título de este libro recopilatorio de textos —Fragmentos de un mosaico roto— es muy simbólico y aclaratorio, muy acertado. Por una parte, están los escritos y/o narraciones que se escriben recreando lo que pasó y se vivió en España; y luego, están los escritos referidos al mundo anglosajón… De ahí, lo de fragmentos de un mosaico…

— Siempre hay que cuidar mucho los títulos de las obras; es muy importante. En la libérrima utilización de una imagen poética, nada nos impide que podamos considerar a don Luis Portillo –y a todo el resto de exiliados republicanos de 1939– como ‘fragmentos rotos’ del mosaico cultural español, del que tenían todo el derecho a formar parte, como ciudadanos y escritores.

Asimismo, con esta colección de textos, de tipología tan variada, la primera dificultad que tuvimos que solucionar fue darle unidad al volumen. Por eso la idea de ‘fragmentos de un todo’ que también es la producción literaria íntegra de Portillo. Los fragmentos forman parte de un todo hermoso (un mosaico); pero a la vez, después se ha roto, al tener que exiliarse. Luego vino la tarea de agrupar los textos por secciones de temática similar, y unificarlas con sus títulos para darles también sentido y unidad.

Después, para redondear aún más la unidad del volumen añadimos el prólogo escrito por sus hijos, la pincelada biográfica escrita por su esposa Cora Blyth, nuestra presentación de la edición, y aún dimos entrada también al bosquejo biográfico final, escrito por su sobrino Ángel Luis Portillo Zeballos, para proporcionar aún más detalles de la biografía de don Luis Portillo, de manera que los lectores no solo tuviera los textos, sino que pudieran conocer más información sobre el autor de los mismos.

— Pero en estas narraciones deben existir algunas características comunes a todos estos textos de don Luis Portillo, un denominador común. ¿Cuáles destacaría?

— Sin duda, el estilo es algo que da unidad a todos estos textos salidos de la mano de Luis Portillo. Y es normal que así sea, pues la personalidad de cada hombre marca su estilo. Es una prosa cuidada, con un vocabulario preciso, como engastado en la oración. Hay también un eco de los clásicos españoles que leyó en el exilio, y con algunas expresiones el lector a veces tendrá la sensación de descubrir un destello culterano repentino en su prosa.

Todo ello es una consecuencia perfectamente lógica de su actividad profesional como traductor –que acaba produciendo en quien tiene dicha profesión un deseo de precisión, de hallar siempre la correspondencia exacta y el peso justo para hacer la transferencia de un término de una lengua a la lengua de destino–. Por exigencias de su trabajo, de los lugares de trabajo, y por propio gusto personal, Portillo también solía vestir siempre muy bien –ya desde su juventud—. Ese cuidado de su persona también pasa a otras manifestaciones, como su escritura.

— Don Luis Portillo trabajó en el Ministerio de Justicia con la República en guerra, se marchó al exilio porque le temía a algo más que a la cárcel, porque tuvo un cargo que bien podía ser considerado ‘sensible’ para el aparato de represión franquista. ¿Cómo y de qué manera le afectó el exilio?

— Durante la Guerra Civil, Portillo tuvo una actuación ética irreprochable. En julio de 1936, se presentó voluntario a defender el régimen legal republicano. Durante la guerra no empuñó

armas ni quiso disparar nunca contra las trincheras de los sublevados –donde por cierto combatían tres de sus hermanos–. Desde el Ministerio de Justicia, se esforzó por salvar a cuantas personas pudo de las que habían sido condenadas por ‘tribunales populares’ –y para ello contó con algunos apoyos incondicionales dentro del Consejo de ministros.

Aun así, a la vista de la posterior represión de posguerra contra quienes habían ostentado cargos en la zona republicana, hizo bien en marcharse al exilio. Con aquella acusación genérica que hicieron los vencedores contra los vencidos, de ‘haber auxiliado a la rebelión’ –una acusación kafkiana: la justicia al revés–, por lo menos a Portillo le habrían caído varios años de cárcel.

El exilio claro que le debió afectar mucho. De la noche a la mañana, todas las posiciones, bienes, trabajos, cargos y expectativas que los exiliados habían tenido en España habían quedado destruidas o arruinadas. Había que empezar de cero, en otros países donde la lengua no era una ayuda sino muchas veces una barrera difícil; donde no tenían el apoyo de la familia o de amigos, y donde se vieron obligados a hacer todo tipo de trabajos para sobrevivir. Portillo no fue una excepción en este estado de cosas.

— Como narrador y como ser humano, ¿cómo le influyó a don Luis Portillo haber sido tan cercano a Miguel de Unamuno?

— Las personas que tienen un prestigio bien ganado ante la opinión pública, no lo tienen por casualidad. Con su conducta moral, o por otras virtudes, esas personas marcan para otros un camino de nobleza en su actuación y de rectitud moral; y con frecuencia más con sus actos que con palabras. Y seguramente ese era el caso de Unamuno en la Universidad de Salamanca para los estudiantes –y después para muchos otros compatriotas.

En 1936, Portillo tenía veinte y pocos años, y Unamuno ya se había jubilado; pero existía una simpatía y una complicidad entre ambos, y la proximidad de la vida universitaria. El hecho de que en el exilio Portillo reconstruyera el discurso de Unamuno ya nos indica que aquel incidente protagonizado por el maestro tuvo gran impacto entre quienes lo conocieron.

A un nivel más jocoso e informal, los propios hijos de Portillo expresaban su asombro cuando eran niños por la habilidad de su padre con la papiroflexia; o cuando sacaba hábilmente de una cuartilla doblada la forma de cualquier animal, recortando el papel con las tijeras, y… para asombro de los niños, acababa manteniéndose de pie. Esa habilidad la había aprendido de Unamuno.

— En la guerra de España incluso participó en La Batalla del Ebro, ¿cómo le marcó aquello?

— Sin duda, también dice mucho de Portillo que cuando tuvo que incorporarse a las filas republicanas por requerimiento legal, no intentó eludir dicha obligación. Así fue como acabó participando disciplinadamente en la Batalla del Ebro. Lo único que sucedió fue que entonces dijo que él estaba disponible para todo tipo de trabajos, pero que no quería empuñar un arma ni disparar contra las trincheras de los sublevados. Esta inusual actitud pacifista le costó un peligroso incidente con el capitán de su unidad, que finalmente quedó en nada. A nivel físico, también sintió los efectos del esfuerzo durante la guerra, pues acabó siendo hospitalizado.

—Tras la caída de Cataluña, atravesando la frontera francesa, Portillo pasó al exilio en territorio francés, Luego, por avatares del destino, y con la ayuda de Mr. Brown, un diputado laborista, llegó a Inglaterra. ¿Cómo fue ese paso?; ¿dónde estuvo internado y cómo pudo eludir otros avatares adversos más?

— En febrero de 1939, invitado por su mentor don Manuel de Irujo, Portillo partió con un grupo de vascos hacia el exilio, atravesando los Pirineos para entrar en el sur de Francia. Él no da información de dónde estuvo en el sur de Francia entre febrero y julio de 1939. Entonces por algún conducto –quizás por sus contactos con los exiliados vascos— debió llegar a su conocimiento la posibilidad de ir a trabajar en una colonia de niños vascos evacuados a Inglaterra en mayo de 1937, y seguramente debió cogerla al vuelo. Puro azar.

Antes de 1936, Portillo ya era profesor ayudante en la Universidad de Salamanca. Su formación, sus expectativas, sus inicios laborales, todo apuntaba a que acabaría siendo un futuro como profesor en la universidad. Así que no sorprenderá que, en un momento dado, cuando surgió en Francia la posibilidad de ir a trabajar como profesor en Inglaterra, Portillo aceptase aquella oferta.

Por otra parte, los refugiados europeos que huían de Hitler sólo podían ir a Gran Bretaña si alguien les avalaba. Eso quería decir que el avalista asumiría todos los gastos que pudiera ocasionar la llegada del refugiado. Seguramente debió ser en ese contexto cuando se buscó la manera formal de cubrir ese aval que exigía el gobierno británico, y así debió aparecer el diputado laborista Mr. Brown; pero en el bien entendido que seguramente ya se sabía que Portillo iría enseguida a trabajar a las colonias de niños vascos, con lo que el aval no significaría ningún gasto para el diputado. De hecho, no parece que hubiera mucha amistad entre Mr. Brown y Portillo. Pero en aquel momento sí que hubo solidaridad, al facilitarle las cosas a un desconocido. Quizás sí que había también conocimiento de personas del periodo de la guerra, como el fotógrafo Alex Wainman, que quizás realizó gestiones desde Londres…

— ¿Por qué eligió instalarse en Inglaterra? Y ¿cómo fueron sus primeros días allí, apadrinado por algún diputado del Partido laborista?

— No sé si se puede decir que Portillo ‘eligió instalarse en Inglaterra’. Quizás se presentó azarosamente una posibilidad para un exiliado sin opciones ni expectativas de nada, y seguramente la tomó al vuelo, tal como llegó. Las gestiones del diputado Mr. Brown debieron allanar el camino.

En todo caso, lo cierto es que en el verano de 1939 ya estaba en Inglaterra, trabajando en una colonia de niños vascos evacuados en 1937 a Gran Bretaña, y aún no repatriados a España.

— Muy poco tiempo después, de nuevo se vio envuelto en otra guerra: la II Guerra Mundial… ¿Qué papel tuvo entonces, y cómo aquella experiencia le influyó en todas sus facetas?

— El 3 de septiembre de 1939 Gran Bretaña declaró oficialmente la guerra a Alemania, con lo que todo el país entró en emergencia. Varias colonias de niños vascos se cerraron, y entonces comenzó para Portillo la auténtica odisea de tener que sobrevivir a la guerra mundial siendo un extranjero. Naturalmente con la incorporación de muchos británicos a filas, quedaron puestos de trabajo libre. Portillo estuvo haciendo varios trabajos para sobrevivir, como pelar patatas durante largas horas en un cafetín, barrer nieve en las calles –pues los inviernos de 1940 y 1941 fueron muy crudos–, cavar zanjas en Swindon para la construcción de un aeródromo… (Pero pronto fue despedido, pues que un extranjero supiera algunos secretos de un aeródromo podía ser potencialmente peligroso…).

Aquel fue un periodo en que Portillo se esforzó por dominar la lengua inglesa. Para ello le gustaba mucho leer los discursos de W. Churchill. Y poco después ya empezó a trabajar para la Agencia de noticias Reuters.

Del periodo de la II Guerra Mundial hay un texto (Blanco para una noche) de mediados de agosto de 1941 sobre una escuadrilla británica de bombardeo, cuando Estados Unidos aún no había entrado en la guerra, y Gran Bretaña todavía luchaba sola contra Alemania.

— Ensayista, traductor, pero también tiene una faceta más introspectiva: la de poeta. ¿Cómo era como poeta? ¿Era un poeta que derramaba añoranza por la España que dejó atrás?

— Lo que Luis Portillo hacía más gustosamente era escribir poesía. Y ahí está su volumen poético Ruiseñor en el destierro (1989), en cuya selección se recoge la expresión más brillante de su trabajo. Temáticamente, sus poemas se refieren mucho a España, sus gentes, su cultura, con añoranza, sí. Es un poeta poco experimental, cuyos poemas siguen estrofas, versos y modelos clásicos –y en los que el lector a veces percibe destellos un punto culteranos, ma non troppo.

— ¿Cómo era como narrador, al margen de su estilo más directo como ensayista?

— Como narrador los textos recogidos son más bien breves. No tiene textos demasiado largos. En sus historias no hay tramas complicadas, sino un narrador omnisciente, o un narrador en primera persona que bien se ve que es el autor. De nuevo, su punto fuerte es la construcción de una prosa rica, sólidamente cincelada, y el uso de un vocabulario recio, bonito, trufado de latinismos, que impacta al lector. Expresiones como, los caballos volvoreando por la plaza, o las mariposas volvoreaban por el monte (en sus poemas); o un cuervo herido por una flecha cayó bolinando por el cielo…, y muchas más, no dejarán indiferentes a los lectores.

— La estancia en Inglaterra, su matrimonio, su vida allí, sus hijos, el socializarse… ¿Cómo le influye y se refleja en sus libros?

— Su vida familiar, su vida privada apenas se refleja en los textos recogidos en este volumen. La primera historia, ‘Mi añorado padre Lobo’, fue escrita al final de su vida, y allí sí se recoge algo de su experiencia en el Madrid de la Guerra Civil. Otros textos pueden tener algunos ligeros toques de la experiencia o información conocida o vivida por Portillo, y en ese sentido serían algo ‘autobiográficos’, porque surgen de información que de alguna forma había llegado hasta él, pero nada más.

Como había muy poca información biográfica sobre Portillo, por eso consideramos conveniente incluir unas pinceladas biográficas, escritas por su esposa, y abundando más, también el Bosquejo biográfico, escrito por su sobrino Ángel Luis Portillo Zeballos.

— En el exilio, y en un país monárquico, donde las instituciones giran en torno a La Corona, él no paró tampoco, como activista político. En Londres fue cofundador de Izquierda Republicana… ¿Qué labor realizó, y cuál era la función de este partido desde el exilio?

— Portillo no fue un activista político; pero sí que parece ser en todo momento un genuino defensor de la República. No obstante, mucho hacían ya, él y otros, en Gran Bretaña, procurando mantenerse a flote y ganándose su propia supervivencia en un ambiente cultural poco favorable.

Las organizaciones y partidos que los exiliados crearon en Londres eran muy embrionarias; o en todo caso, pequeñas. También lo era el de ‘Izquierda Republicana’: un grupo de amigos, con José Antonio Balbontín. No dejaban de ser una delegación en contacto con los líderes residentes en México. Quizás tenían más el objetivo y el interés de poder reunirse de cuando en cuando con otros compatriotas para mitigar sus soledades en un país tan diferente, y para compartir su añoranza de España con la celebración de fechas simbólicas para los republicanos.

— En 1972, Portillo también fue nombrado jefe de la Oficina Diplomática en Londres, del Gobierno de la República en el exilio, ¿cómo le fue en esta faceta y qué acciones llevó a cabo?

— Aquél era un cargo de representación diplomática más bien simbólico. Poco o casi nada operativo por falta de medios. Para desempeñarlo se necesitaba, sí, una persona con formación –Portillo había estudiado Derecho–, que conociese la lengua inglesa y que supiese tener acceso a las instituciones políticas británicas. Portillo cumplía ese perfil. Además, estaba libre de ataduras laborales, pues hacia 1972 se había jubilado. Así que parecía la persona adecuada para tal cargo. Y así llegó hasta la disolución del Gobierno republicano en el exilio en 1977, tras las primeras elecciones libres celebradas en España.

Lo que más hacía como parte del trabajo que tenía el cargo era mantener correspondencia con gente diversa, por motivo de coordinación; informar de noticias de Inglaterra que pudieran ser

de interés para los exiliados, quizás mantener algunas reuniones, o presentar algunas cartas o notas de protesta ante el gobierno británico por diversos motivos, y cosas así.

— Con su mujer, Cora Blyth, escocesa, tuvo cinco hijos. ¿Algunos de ellos ‘ha seguido’ su vocación literaria y comunicadora?

— Sí, cinco hijos tuvo, de los que al final quedaron cuatro, pues uno de ellos murió en la infancia. Varios de ellos no parecen haber continuado la vocación literaria de su padre. Uno trabajaba en una compañía aérea; otro, en el ayuntamiento… Desconozco si tienen obra literaria escrita. Sólo Michael, el menor, se ha dedicado a la producción de programas de TV tras su temprano paso por la política. Desconozco si él es el único autor de los guiones de sus programas; pero de ser así, estaríamos ante una cierta continuación de la tarea de escritor de su padre.

— La trayectoria política de su hijo Michael Portillo no es precisamente laborista, ya que formó parte del gobierno que aplicó las políticas de ‘la Dama de Hierro’. Formó parte del Partido Conservador, y también aglutina esa faceta comunicadora con esa serie que nos ha enseñado muchos rincones del mundo, sobre todo de Europa desde el tren. Pero tampoco es éste el lugar para hablar de Michael Portillo, a quien admiro por su buen gusto al acercarnos a muchos lugares singulares. Sin embargo, no creo que, a su padre, que había escapado de una dictadura militar, le gustase mucho que su hijo estuviera vinculado incluso a la industria armamentística…

— Sobre este punto no tengo nada que añadir. Si acaso, puntualizar algunas cosas de carácter general: 1. Don Luis Portillo era católico y no tuvo militancia socialista. 2. A nivel político, él se identificaba con los partidos republicanos: con Izquierda Republicana –que para los parámetros políticos actuales sería un partido ‘de centroizquierda’. 3. En todas las organizaciones siempre hay una amplia gama de matices. Estar en un gobierno o en cualquier institución no quiere decir que te entusiasme o que suscribas todo lo que se hace en ella. Y en este sentido, seguramente no hay tanta distancia política entre una posición ‘de centro’, y una posición ‘liberal’. 4. De acuerdo con el famoso aforismo orteguiano de ‘yo soy yo, y mis circunstancias’, los hijos siempre viven en unas circunstancias diferentes de las de los padres, de manera que no es raro que también piensen de forma diferente en ese permanente proceso, tan personal, de adaptación a las nuevas circunstancias en las que viven. 5. Los seres humanos tienen total libertad para elegir la opción del espectro político desde la que creen que podrán trabajar mejor para lograr su felicidad personal y para servir a su país, sin que de ello deba deducirse agravio para sus padres. 6. Por último, considero que, tanto desde una adscripción ‘de derechas’, o ‘de izquierdas’, creer que lo que uno piensa pertenece a una categoría ‘moralmente superior’ a lo que piensan los demás oponentes políticos o ideológicos es un error que sólo conduce a dogmatismos estériles. Abrigar el convencimiento íntimo de que, en todo cuanto piensa, dice y hace quien está en las antípodas de nuestro pensamiento político no hay ningún espacio para la honestidad es totalmente falso. Ser persona es algo más esencial que una militancia política accidental. Las aportaciones de todos los ciudadanos, desde todo el espectro político, son necesarias para el progreso de cualquier nación; y la confrontación sincera de ideas dispares permite ver cuáles son las mejores soluciones para los problemas de cualquier país.

— Don Luis Portillo fue amnistiado y pudo volver a España, donde pasaba largas temporadas. ¿Cómo fue el regreso y cómo influyó y qué significó ese regreso en los últimos años de su vida? Se lo pregunto por la parte personal, pero también desde el plano intelectual.

— Desde los años 50, la familia Portillo ya visitaba España ocasionalmente, aunque con pasaporte británico. Portillo fue amnistiado gracias a las muchas gestiones que realizó en España uno de sus hermanos a mediados de los 70. Luego, cuando ya pudo regresar libremente, pasaba largas temporadas en Salamanca de forma discreta, reanudando la relación con viejos conocidos.

No parece que entonces hubo nada extraordinario: simplemente vivía en una normalidad democrática que nunca debió haberse roto.

— En Cazarabet, desde este proyecto de difusión cultural que mira mucho y se alimenta de lo humanista, nos preguntamos cómo fue Luis Portillo como persona y qué valores intentó difundir desde el día a día y, según voy leyendo, desde sus relatos, ensayos y poemas.

— Como persona, a mí me impactó la resistencia interior puesta en práctica para no hundirse y para rehacer su vida en medio de tanta adversidad –y a fe mía que tuvo gran éxito personal al crear una magnífica familia–. En su vida también sorprenden otros aspectos más: 1. Ese raro pacifismo en medio de una guerra –sin postureo– que le llevó a un grave riesgo personal. Se enfrentó con la estructura militar del ejército republicano porque se negó a empuñar armas ni a disparar contra las trincheras de los sublevados –donde, por cierto, combatían tres de sus hermanos–. 2. También está esa actitud decidida, puesta en práctica mientras trabajó en el Ministerio de Justicia, de intentar salvar cuantas vidas pudo de personas que habían sido condenadas a muerte en la zona republicana. Dicha actitud también resultó peligrosa, hasta el punto de que miembros de partidos del Frente Popular llegaron a afirmar que ‘había fascistas infiltrados en el Ministerio de Justicia’ –acusación que podía tener muy graves consecuencias en plena Guerra Civil.

En sus escritos hay una búsqueda de la belleza formal; una preocupación por decir bien, con términos precisos, con un vocabulario como engastado en la estructura textual; y, consciente o inconscientemente, como procurando ensanchar la capacidad expresiva que permite la lengua española –su instrumento esencial de trabajo literario, sin duda.

Asimismo, al reflexionar sobre algunas figuras cumbre de la tradición cultural española –y en este volumen trata de varias de ellas–, Portillo estaba tocando con delicadeza la médula cultural más sensible de nuestra Nación, los mejores y más nobles valores encarnados por esas figuras señeras, que dan sentido a toda nuestra tradición cultural; y que se levantan como faros para orientar nuestra acción en todos los tiempos. Todo ello sin olvidar momentos excepcionalmente logrados, como la reconstrucción del discurso de don Miguel de Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, en octubre de 1936 –para que se entienda bien qué cosa es ‘estar a la altura de las circunstancias’ en los momentos difíciles—; o esa fantástica definición del arte de Goya, que en realidad permite ser generalizada a todas las manifestaciones artísticas de escritores, pintores y todo tipo de artistas: ‘Goya perpetuaba, eternizaba el instante. Porque tal es la suprema misión del arte: divinizar lo perecedero, redimirlo de caducidad…’

— Amigo Luis, desde una perspectiva humana e intelectual, ¿qué le ha enseñado, al acercarse a los ensayos y narraciones de este exiliado republicano en Inglaterra?

— Los primeros aspectos que llaman la atención en la trayectoria de don Luis Portillo son cuestiones un tanto sorprendentes en el momento de producirse, como su pacifismo en plena Guerra Civil, su decisión de hacer todo lo posible por preservar las vidas de no importa qué gente cuando tan fácil era destruirlas o perderlas entonces. O su propia trayectoria familiar de tolerancia y respeto en el mundo en guerra, bastante intolerante, del siglo XX. Portillo era católico declarado y su esposa era protestante. Nada de esto tuvo importancia para ser un matrimonio feliz… Este camino tan hondamente humano que él marca es sumamente atractivo: el respeto, la tolerancia, preservar las vidas de la gente en los momentos de gran riesgo, rechazar la belicosidad destructiva, atender también al lado constructivo y hermoso de la vida… Sin duda, es una magnífica lección…

En otro orden de cosas, hay que decir que, con la larga duración del exilio de 1939, no se perdieron sólo aquellas generaciones que vivieron la guerra, sino incluso –en parte o en mucho– la segunda generación –los hijos nacidos en el exilio–, que en 1939 todavía era algo inimaginable…

Sin embargo, admitido o no, para los exiliados mayores, el exilio fue una experiencia sumamente traumática, trágica. ‘El injerto’ tituló una novela Jacques Folch Ribas –un niño catalán que acabó exiliado en Canadá y luego escribió en francés–; ‘La raíz rota’ tituló otra de sus novelas Arturo Barea –exiliado en Inglaterra–. Estas metáforas hablan de realidades íntimas sentidas como irreparablemente desgarradas y sin solución… Sin embargo, para los más jóvenes y para los hijos habidos, el exilio fue una gran oportunidad de enriquecimiento cultural. Tuvieron a su disposición dos culturas, dos lenguas, una visión del mundo amplia; pudieron acceder a lo mejor de las dos…

Esta obra de Portillo –y todos sus escritos– son una cuenta más en un larguísimo collar de perlas de todo tipo de exiliados, en parte perdidos para España. Y para empezar a llorar ante las gigantescas y desoladoras dimensiones de la catástrofe cultural sufrida por España en 1936-39, se puede empezar a leer nuestra obra colectiva: Manuel Aznar, José Ramón López (edits.) (2017): Diccionario bio-bibliográfico del exilio literario de 1939. Sevilla, Renacimiento, 4 vols. Y… lo recogido en dicha obra sólo se refiere a escritores, a producción literaria. En él no se habla de todo tipo de técnicos, industriales, militares, marinos, médicos, investigadores, profesores, artesanos, profesionales de los más variados campos… A finales de los años 40, un escritor británico resumió la situación con una curiosa imagen poética: ‘España parece un ser extraño, con el alma fuera del cuerpo’ –pues mucha de su mejor inteligencia estaba en el exilio.

Vaya por delante que con mi actitud y con mi trabajo no he pretendido deificar a ningún exiliado, sino meramente inventariar su trabajo para darlo a conocer. Pero, junto a otros investigadores, sí que hemos dedicado muchas horas, años y esfuerzos sin fin a recuperar el legado intelectual de muy diversas personas que se exiliaron en 1939. Este legado intelectual o profesional pertenece de lleno a la tradición cultural española, aunque se tuviese que realizar en otros países. La población española actual y futura tiene todo el derecho a conocer y a beneficiarse de cualquier aspecto de dicho legado, y a disponer de él y a utilizarlo como un elemento posible más para seguir construyendo sobre él nuestro progreso presente y futuro.

El caso de Portillo es también el de otros muchos exiliados; y entra de lleno en lo que fue una conclusión obvia para los que éramos jóvenes investigadores de los años 70 y 80 del pasado siglo: Muchos de dichos exiliados, bastante desconocidos en España, debieron ser los maestros y profesores naturales en los institutos y universidades de los años 40, 50, 60 y 70 –nuestros maestros– Y…, debido a las penosas consecuencias de la Guerra Civil, no lo fueron… Y ahí tenemos otra consecuencia trágica del colosal desbarajuste que se produjo en el funcionamiento de nuestra Nación a partir de la Guerra Civil.

— Y el propio trabajo de guardar cuidado de la edición, ¿qué le ha supuesto? –porque supone documentarse, investigar y aplicar una metodología de trabajo…

— El trabajo inicial de documentación lo empecé a realizar a mediados de la década de 1980, compaginándolo con mi trabajo como profesor en un instituto de Barcelona –por lo que no podía avanzar muy rápido–. Nunca conté con ayudas oficiales mientras realizaba dicho trabajo de ir descubriendo autores y obras que ahora están en boca de muchos, como Portillo, José Castillejo, Madariaga, Azcárate, Joan Mascaró, Chaves Nogales, Salazar Chapela, Duran-Jordà, García Pradas, D. Perramon, Ángel Ara, Margalida Comas, Duperier, José Estruch, Agustín Roa, Vicente Soto, y tantos otros que quedaron recogidos en el volumen inicial –mi tesis– sobre la producción intelectual de los exiliados a Gran Bretaña. Mi trabajo de entonces fue seminal: había que crear un marco global ex novo, un inventario inicial que nadie había preparado nunca hasta entonces. Luego, de él han ido surgiendo múltiples proyectos derivados más, a lo largo de los años, como éste de don Luis Portillo.

Luego, toda esa información también se plasmó en el volumen Odisea en Albión (Los Republicanos españoles exiliados en Gran Bretaña (1936-1977)] –en cuya edición inglesa estamos trabajando ahora.

Sobre los exiliados llegados a Gran Bretaña no se había hecho casi nada; en parte por la barrera que ponía la lengua; así que tuve que empezar casi de cero; iniciar todo el trabajo ex novo, y preparar viajes y gestionar permisos y autorizaciones, y patearme bibliotecas y archivos, soportar interminables jornadas de trabajo –todo ello pagado religiosamente de mi bolsillo–, sacrificando incluso vacaciones familiares para este proyecto, y localizar a exiliados para entrevistarlos en los lugares más insólitos, e ir descubriendo así un mundo entonces apenas conocido, pero impactante.

La figura de Portillo fue una más entre muchas otras, todas valiosas a su manera, que tuvieron que hacer todo lo posible para sobrevivir en la adversidad del exilio en un país tan diferente. Por eso titulé mi volumen ‘Odisea en Albión’, porque todos ellos parecen personajes sacados de la Odisea, ya que las circunstancias les exigían el máximo esfuerzo personal simplemente para poder sobrevivir en las mayores adversidades…

— ¿Cómo ha sido trabajar con Renacimiento? —porque la tarea que realiza esta editorial de plumas, miradas y perspectivas sobre la Memoria Histórica, más allá de los campos de batalla, de las intrigas políticas, rebusca entre el polvo de la historia lo humano, lo humanista, el conocimiento y esas pequeñas cosas que son las que, verdaderamente, hacen historia y dejan huella y memoria… ¿Qué reflexión puede hacer al respecto?

— Trabajar con Edit. Renacimiento ha sido una experiencia muy positiva, que seguramente tendrá una continuidad futura, pues hay más proyectos ya listos para edición; aunque en este caso, la existencia del Covid-19 también ha contribuido a atrasar algo esta publicación.

Sin duda, en la recuperación del legado cultural del exilio de 1939, el Sr Abelardo Linares ha encontrado un amplísimo campo de acción, que ya ha dado muchos frutos, y aún dará más en el futuro. A otro nivel, él ha sido un eslabón más, junto a una pléyade de nuevos investigadores que hemos estado trabajando ya muchos años, en muchos países, para recuperar efectivamente ese legado del exilio de 1939, que es valioso y brillante –aunque tuviese que aflorar entre las mayores adversidades—. Sin embargo, es bien cierto que las circunstancias del exilio no ayudaron o malograron mucho del potencial de muchos exiliados a muy diversos niveles; para otros, abrieron formidables oportunidades laborales y vitales… —pero siempre son ese vacío interior, con esa tristeza indescriptible, con esa añoranza de España y su cultura…

Aunque nos alejemos algo del libro de Portillo, a mí me gusta recordar una idea, expuesta por el escritor francés Antoine de Saint Exupéry hacia 1928, mientras estaba destinado en el aeródromo de Cabo Juby –territorio del Sáhara español frente a Canarias–. Decía: ‘Aunque es difícil, quizás lo más necesario para la humanidad es unir a los hombres’.

Y, ciertamente, tras una ya demasiado larga lista de enfrentamientos y guerras civiles que hay en la historia española, utilizadas como método para dirimir desacuerdos y diferencias puntuales, es hora de aprender a resolver nuestras diferencias de gustos y opinión sin recurrir a la violencia, y sin intentar la imposición de los dogmas de unos grupos a otros. Dejando al margen la hojarasca de las discordias y las discusiones estériles, cuando hemos estado unidos en las cuestiones esenciales, se han creado las condiciones para que aflorase la excelencia de la ciudadanía en los más diversos campos, y nuestra gente pudo dar rienda suelta a su mejor capacidad creativa. De ello surgieron frutos y hazañas asombrosas. Cuando hemos estado desunidos y enfrentados absurdamente, se han producido nuestras mayores catástrofes. La opción es clara pues.